Ya está. Ya ha pasado todo. Después de un espantoso fin de semana en el que veía cómo hora a hora el bicho iba pudiendo contigo. Como cada vez quedaba menos de ti en tu cuerpo.
Ya descansas, ya estás tranquilo.
A mí me queda ahora dejar de verte con el rabillo del ojo. Saber que eso oscuro que hay más allá de lo que estoy mirando no eres tú. No esperar oírte cuando entro en el portal. No llamarte cuando llego a casa.
Pero aún queda mucho para eso.
Por lo pronto, ya no estás y yo tengo ganas de desgañitarme gritando y llorando.
Espero que hayas sido feliz conmigo. Espero que me quisieras tanto, gatunamente, como yo te he querido y te quiero humanamente.
Y, cuando me llegue la hora, espero verte allí, donde sea que me envíen, para acariciar una vez más tu suave pelo, para escuchar tu ronroneo y para abrazarte, aunque no te guste (prometo que seré breve).
Hasta entonces, adiós, Eneko.