Nunca pensamos que ocurriría algo así. Salvo en algunas películas de terror, claro. Y ahora ese terror lo tenemos en casa.
Nos parecía muy exagerado lo que íbamos oyendo de Wuhan (ahora todos sabemos escribirlo sin equivocarnos), «Claro, es que en China hay tanta gente, y tienen tan pocos medios...», «Acuérdate de lo de la virus aviar de México, que no era nada al final»...
Pero traspasó las fronteras; la de animal a humano lo hizo silenciosamente, la de los países fue acompañada de rumores y titulares. Y llegó para quedarse, un tiempo, al menos.
Y primero eran extranjeros, luego eran personas mayores y ahora podemos ser cualquiera de nosotros los infectados. El pánico y la histeria protagonizaron escenas que, en una película, nos parecerían absurdas: el acopio de papel higiénico, por ejemplo; o dos personas peleando por los dos últimos paquetes de pasta (de ese día, uno de los primeros).
Y así estamos hoy. Los más afortunados, encerrados en casa. Los menos, trabajando para salvar vidas, limpiar las calles, servir comida, entregar paquetes o hacer que las cosas sigan funcionando (agua, gas, electricidad, teléfono, servidores...). Desde aquí, GRACIAS. Porque los que estamos en casa no estamos de vacaciones (o no todos, al menos).
Y puede ocurrir que, como en mi caso, si no tienes a nadie demasiado cercano (el padre de una amiga/compañera de trabajo de Madrid está ingresado y con respirador), te parezca que todo lo que se cuenta sigue siendo un poco de ciencia ficción.
Pero entonces recibes un audio. Uno de esos cientos de audios que circulan sin control por los whatsapps (y supongo que también por los telegrams) de todo el mundo. Y escuchas a una mujer, terapeuta de la mamá de un compañero de mi hijo, en un hospital, llorando cuando te cuenta que ya han llegado al terrible momento de no tener respiradores para todos, de tener que elegir a quién ayudan a vivir y a quién no, de dar la mano a esas personas aisladas y enfermas para que no mueran solas porque sus familiares no pueden estar con ellas.
Y ahí ha sido para mí cuando he visto lo terrible que es esta enfermedad que no permite que estemos junto a nuestros seres queridos cuando saben y sabemos que no van a sobrevivir a ella. Y todo porque no estamos preparados, porque no hay suficientes respiradores ni, ya puestos, material para que el personal sanitario se proteja mientras trata a los pacientes.
Como en la crisis anterior, la económica, de la que aún no habíamos salido del todo, ésta nos está enseñando cosas que parecían superadas: que los demás son importantes, cómo estar juntos en familia (las 24 horas del día), la necesidad de distraerse y distraer a los niños... Si después de las vacaciones suele haber más divorcios... no quiero ni pensar en lo que será la vuelta a la rutina de antes del coronavirus.
En fin, quizá esto sea un pequeño aviso para que la humanidad deje de cargarse el planeta que habita. Quizá sea la Tierra tratando de librarse del molesto virus humano. Quizá evolucione y todos los que lo han superado se conviertan en zombies (lo que justificaría las colas en EEUU ante las armerías para abastecerse de armas y munición)... Como diría Ygritte: «No sabes nada, Jon Nieve». Lo único que tengo claro es que, por el bien de todos (no sólo por mi bien), me quedo en casa y doy las gracias a TODOS los que estáis ahí fuera (y algunos también dentro) para que mi mundo aún siga funcionando.
Y que Dios se apiade de quienes más están sufriendo con esta crisis y les haga encontrar solaz y consuelo.