Ya está. Ya ha pasado todo. Después de un espantoso fin de semana en el que veía cómo hora a hora el bicho iba pudiendo contigo. Como cada vez quedaba menos de ti en tu cuerpo.
Ya descansas, ya estás tranquilo.
A mí me queda ahora dejar de verte con el rabillo del ojo. Saber que eso oscuro que hay más allá de lo que estoy mirando no eres tú. No esperar oírte cuando entro en el portal. No llamarte cuando llego a casa.
Pero aún queda mucho para eso.
Por lo pronto, ya no estás y yo tengo ganas de desgañitarme gritando y llorando.
Espero que hayas sido feliz conmigo. Espero que me quisieras tanto, gatunamente, como yo te he querido y te quiero humanamente.
Y, cuando me llegue la hora, espero verte allí, donde sea que me envíen, para acariciar una vez más tu suave pelo, para escuchar tu ronroneo y para abrazarte, aunque no te guste (prometo que seré breve).
Hasta entonces, adiós, Eneko.
A veces, cuando crees dormir, en lo profundo de la noche o en la pesadez del estío, tus ojos se abren paso a través de los sueños hasta llegar a este lugar, o a uno parecido...
lunes, 7 de marzo de 2016
miércoles, 10 de febrero de 2016
Aún no te has ido y ya te echo de menos
¡Cómo duele saber que en tres meses dejaré de verte! Que te irás a cazar estrellas, a maullar a la luna y dormir entre nubes.
Yo, entonces, te buscaré en las sombras, esperaré verte al levantarme y echaré de menos tu ronroneo y tus besos.
Mientras tanto, no puedo hacer otra cosa más que llorar al pensarlo, llorar al imaginar tu dolor, llorar al plantearme tener que llevarte al veterinario para que te ayude a morir.
Me duele, Eneko, me duele mucho. Me has dado casi once años de alegría, sigo en deuda con Iván por traerte a casa en aquella caja de cartón. Fuiste mi mayor regalo.
Eres mi mayor regalo. Aún me quedan unos días, unas semanas, unos meses para mimarte, para atesorar cada movimiento elegante que haces, cada saludo que me dedicas al entrar en casa...
Espero que hayas tenido una buena vida conmigo, espero haber sido para ti una buena compañera de piso. Te quiero mucho, Kochu.
Yo, entonces, te buscaré en las sombras, esperaré verte al levantarme y echaré de menos tu ronroneo y tus besos.
Mientras tanto, no puedo hacer otra cosa más que llorar al pensarlo, llorar al imaginar tu dolor, llorar al plantearme tener que llevarte al veterinario para que te ayude a morir.
Me duele, Eneko, me duele mucho. Me has dado casi once años de alegría, sigo en deuda con Iván por traerte a casa en aquella caja de cartón. Fuiste mi mayor regalo.
Eres mi mayor regalo. Aún me quedan unos días, unas semanas, unos meses para mimarte, para atesorar cada movimiento elegante que haces, cada saludo que me dedicas al entrar en casa...
Espero que hayas tenido una buena vida conmigo, espero haber sido para ti una buena compañera de piso. Te quiero mucho, Kochu.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)