jueves, 24 de diciembre de 2020

Juego: La boda

El juego consiste en repartir unos personajes y leer una historia. Cada personaje tiene que levantarse cuando sea nombrado. Todos se levantan cuando se nombra el evento que los reune a todos. En este caso, los personajes a repartir son: 

Novio (Marcos Martínez)                                                            Novia (Maruja Fernández)
Padre del novio, papá Martínez                                                   Padre de la novia, padrino, papá Fernández
Madre del novio, madrina, mamá Martínez                                Madre de la novia, mamá Fernández
Invitados de la familia Martínez                                                  Invitados de la familia Fernández

Cura

 

La tarde comienza bien porque ¡nos vamos de boda!

Es el 18 de noviembre de 2000 y Maruja Fernández (la novia) y Marcos Martínez (el novio) se van a casar en la iglesia de San Pío V, en Leganés. A tan importante evento está invitado gran número de personas: la familia Fernández, con mamá y papá Fernández al frente, y la familia Martínez, con sus correspondientes mamá y papá Martínez.

A las cinco y media de la tarde, se encuentran ya todos preparados: la novia, el novio, los padres de la novia, los padres del novio, el cura y todos los invitados.

La familia Fernández se muestra muy emocionada por el enlace, mientras la familia Martínez se dedica a bostezar y a hablar en voz alta alternativamente, por lo que el cura no hace más que mandar a todos los invitados que se callen.

El padrino le dice a la madrina que su familia es insoportable y la madrina, que como todos los Martínez es un poco impulsiva, le tira el ramo de novia que sujetaba entre sus manos. La novia se vuelve enfadada para pegarle un sopapo a su suegra, pero el novio, enfadado por el comportamiento de su Maruja, la sujeta, con tan mala suerte que es él, Marcos, quien recibe el guantazo.

Cuando la familia Fernández empieza a aplaudir, el cura no deja de repetir: «¡Seññores, por favor, que esto es una boda!», aunque ninguno de los invitados le hace caso y se empeñan en disfrutar repartiendo golpes, puñetazos y patadas a todo miembro de la otra familia que ven ileso.

El padrino intenta sacar a su hija del centro del huracán en que se ha convertido la boda, pero la madrina le tiene bien vigilado y no permite que lo haga. Mientras tanto, mamá Fernández y papá Martínez se han puesto a hablar a sus anchas de lo mal que se comporta hoy la juventud y del poco respeto que hay hacia ceremonias tan tradicionales como la de una boda.

Algunos de los familiares Martínez se encuentran de acuerdo con lo que dice mamá Fernández y se sientan cerca de ella para apoyarla en su discurso. Algunos de los familiares Fernández, en cambio, están de acuerdo con papá Martínez y se sientan a su alrededor. Los demás invitados, en medio de la discusión, se dan cuenta de la elegante charla que mantienen los demás y se sientan para escucharles hablar y razonar. El cura no puede creer lo que ve: los Martínez y los Fernández sentados unos al lado de los otros en perfecta armonía y en silencio.

La novia y el novio ya no están peleando, de las manos han pasado a los besos y ya se encuentran haciendo las paces. Mientras, la madrina y el padrino se quejan de la dificultad de educar a los chicos y de los esfuerzos que han tenido que hacer para llegar a criarlos.

Parece que la boda comienza por fin.

El cura le pregunta a Maruja si quiere a Marcos por legítimo esposo para quererle en la enfermedad y la salud, en la pobreza y la riqueza, y ella responde que sí emocionada. Luego el cura le pregunta al novio si quiere a Maruja por legítima esposa para quererla en la enfermedady la salud, en la pobreza y en la riqueza... y Marcos responde que sí. Todos los invitados suspiran de emoción. Y entonces el cura, más calmado, pide los anillos al padrino, quien busca y rebusca por todos los bolsillos de su elegante traje sin encontrar nada. La madrina mira amenazadoramente al padrino, y el novio, a la novia.

Todos los invitados saben que los anillos eran una antigüedad muy valiosa de la familia Martínez y que, si no se encuentran, va a haber problemas de nuevo. El cura se teme lo peor cuando la madrina se dirige amenazadoramente hacia el padrino. Entonces el padre del novio dice que los ha cogido él para guardarlos mejor y se los entrega al asustado padre de la novia quien, a su vez, se los pasa a Marcos.

Continúa la boda con normalidad, si es que a esta boda se la puede llamar normal, y llega el momento en el que el cura dice que, si hay alguien que no esté de acuerdo en que se celebre la boda, hable en ese momento o calle para siempre. Todos los invitados se miran, los Martínez a los Fernández, el novio a la novia, la madrina al padrino, la madre de la novia al padre del novio y el cura al crucifijo, rezando para que no haya más escándalos.

Parece que no habla nadie y entonces el cura les pide a los novios que sellen su amor con un beso. Esta última parte de la boda es tan bonita que los padrinos se besan, mamá Fernández y papá Martínez se besan y todos los invitados se besan, no haciendo distinciones entre Fernández y Martínez.

Luego vienen lo del arroz y la puerta de la iglesia parece un campo de batalla en el que los coches sirven de barricadas. El coche de los novios es el escondite que se disputan todos los invitados, por ser el mejor situado de todos. Cuando salen los padrinos, les cae una enorme ola de arroz que hace que la madrina llore. El padrino intenta consolarla y se resbala, arrastrando en su caída a la señora Martínez. Los novios aparecen entonces y, cegados por la tormenta de arroz que arrojan los invitados, no ven a los padrinos en el suelo y se caen encima de ellos.

La boda termina con dos costillas rotas para la madrina, un ojo morado y una mano magullada para el padrino, una pierna escayolada para la novia, que se tropezó con el vestido en su caída, y dos dientes menos para el novio al chocar con el peinado de su esposa. Los demás invitados celebran la boda con una descomunal paella en los salones Bodas inolvidables y esa comida es presidida por mamá Fernández y papá Martínez, que se han hecho muy amigos.

Desde luego, la boda ha sido inolvidable.

La pequeña lagartija

Érase una vez una pequeña lagartija verde que tomaba el sol sobre una piedra del camino. La pequeña lagartija se encontraba descansando, pues había tenido una mañana muy agitada, había estado corriendo de arribba a abajo, buscando comida, buscando sol, huyendo de las aves más grandes, asustando señoras... Siempre en movimiento, siempre corriendo y estaba un poquito cansada.

Se encontraba, como te digo, descansando sobre una ancha piedra gris del camino pensando en sus cosas de lagartija cuando, de repente, el sol se ocultó. «¡Qué raro, se acaba de nublar!», pensó la lagartija mas, cuando miró, ¿qué crees que vio? ¡Era un niño enorme que se acercaba hasta donde estaba ella para cogerla!

Nuestra amiga saltó institintivamente de la piedra, aunque ya sabes que es muy difícil hacer que una lagartija salte, y comenzó a correr y a correr, sintiendo al niño pegado a ella en la carrera.

Pronto vio su salvación: una tapia vieja y rota, con montones de escondites por entre los qu edeslizarse y escapar de su perseguidor, de modo que metió la quinta y, haciendo un esfuerzo sobrelagartijo, porque sobrehumano no puede ser aplicado a una lagartija pequeña y verde como era la nuestra, llegó a la pared y comenzó a escalarla.

Cuando ya se creía a salvo dentro de una pequeña oquedad en el muro, nuestra pobre lagartija sintió un dolor horrible y espantoso en el rabo. Tan intenso era que apenas si podía dar un paso más. Pero tenía que entrar totalmente en el agujero si quería salvar su vida, de modo que se arrastró penosamente por la angosta abertura hasta que se introdujo en ella completamente. Ya se encontraba a salvo del niño, ahora tenía que ver el tamaño de su herida. Con miedo, volvió la cabeza hacia su parte de atrás y en su dolorido e inmóvil rabo descubrió la causa de su mal.

Observó que, sorprendentemente, aún tenía rabo, cosa que, debido al intenso dolor, había dudado de veras. Bueno, en realidad no estaba del todo entero: el niño había intentado clavarle algo para matarla o para quitarle la cola y, por centímetros, sólo había podido alcanzarle en el final. Al huir, ella misma se arrancó del arma infantil.

Tras unos momentos de espera en los que trató en vano de recuperar el aliento, avanzó por el pasadizo que se intuía al final del tunel y llegó a una gran sala en la que se escucharon gritos aterrados: «¡Un lagarto! ¡Un lagarto, huyamos!». Y toda una familia de arañas grises salió de estampida de su comedor particular.

El monstruo terrorífico que acababa de asustar a los arácnidos parpadeó, levantó una ceja (o lo hubiese hecho de haber podido) y decidió comerse el almuerzo de aquella familia, pensando que quien fue a Lucena, perdió su cena.

—La sopa de moscas estaba deliciosa, tendría que dejar una nota de felicitación a la cociinera de la familia. Realmente exquisita, con moscas de primera calidad.

Una vez saciado su apetito y calmado su ánimo, recorrió la sala, admirando la decoración a base de telarañas artísiticamente colocadas y salió por la misma puerta que habían utilizado sus asustadas anfitrionas. Avanzando por el pasillo encontró luz y, cuando asomó la cabeza, deseando reposar y hacer la digestión al sol, se dio cuenta de que el otro lado de la cerca daba, directamente y sin ninguna duda, a un colegio de niños que, casualmente, se encontraba en aquel momento de recreo. Parecía que todos estuvieran esperándola porque recofrrían sin cesar el muro en busca de algo.

«En fin, saldré  por el otro lado, no creo que aquel niño siga esperando allí», pensó. Pero cuando se disponía a darse la vuelta, se dio cuenta de que no tenía espacio suficiente para hacerlo. Decidió entonces caminar marcha atrás, hasta el comedor, y allí darse la vuelta. Comenzó a moverse mas, de repente, notó con sorpresa que el olor de su rabo volvía con fuerza y que no podía andar más. ¿Qué ocurría? Pues, sencillamente, que la indignada familia a la que había dejado sin comida y en un estado de nervios lamentable para lo que quedaba de día, había tejido una compleja y espesa tela para impedir que volviera por allí. Al andar marcha atrás, fue el dolorido extremo de su cola el que tropezó con la tela y se hizo daño, de tan espesa que era (gracias a la sabiduría de la abuela araña, que recordaba un ataque en su juventud de petirrojos cantores a los que habían alejado mediante aquel sistema de redes fuertes).

De modo que a nuestra lagartija no le quedaba más remedio que salir por el extremo más peligroso, donde no tendría que enfrentarse a uno, sino a millones y millones de salvajes niños. Tragó saliva una vez, se acercó nuevamente al borde, volvió a tragar saliva, suspiró y, encomendándose al dios de los pequeños reptiles, echó a correr.

Inmediatamente, una jauría humana empezó a perseguirla. La mala suerte hizo que saliera en el mismo momento en que Lucas, el niño más cruel de todos los que había en 5ºD, decidiera mirar en la zona del muro donde nuestra amiga apareció.

Piedras y palos le llovieron desde todos los ángulos. Mientras ella, enloquecida, corría para salvar la vida, el malévolo Lucas trataba de acorralarla con las manos, manos que habían acabado con la vida de tiernos pajaritos, a los que tiraba del nido.

De pronto, en el momento en que el niño la tenía efectivamente acorralada, atrapada entre sus manos y temblando por lo que la esperaba, ¡se despertó! Todo había sido un sueño. Se había quedado dormida al sol y había tenido una de las más horrendas pesadillas de su vida.

—¡Uf, qué alivio!

Y entones, el sol se ocultó. «¡Qué raro, se acaba de nublar!», pensó. Mas, cuando abrió los ojos, vio al niño.

miércoles, 23 de diciembre de 2020

Mi historia

 Érase una vez una niña. Una niña que hablaba con el viento... y con los objetos y las flores de vez en cuando, y que, incluso, una vez llegó a tener tres amigos invisibles, enamorándose de uno de ellos y todo. Pero no creáis que estaba loca, ni siquiera penséis que era una charlatana porque lo cierto es que decía poco y no esperaba respuesta. Al menos, no una de tipo verbal o gestual; veréis, ella... interpretaba señales. ¡Shhhh!, no lo digáis muy alto y no me miréis con caras raras, como si estuviese ida: Ella era una experta, lo hacía desde pequeña con sus muñecas, que no eran muchas ni tenían nombre. La verdad es que no jugaba con ellas, sino que, de vez en cuando (muy de vez en cuando) las cogía y trataba de mantener una conversación con ellas mirándolas a los ojos para saber lo que pensaban en cada momento y poder así conocer sus opiniones.

Podía diferenciar una muñeca triste de una muñeca alegre donde cualquier otro observador diría que no existía expresión ninguna. Especialmente reconocía las expresiones de su muñeca preferida, con la que tampoco jugaba y que, al igual que las demás, no tenía nombre. ¿Por qué era ésta y no otra más cara y conocida su favorita? No lo sé, quizá fuera porque la tenía desde que era muy pequeña, quizá porque le estropeó el mecanismo de las piernas que hacía que pudiera andar (empujada y manejada por una personas, aún no se habían inventado los sofisticados mecanismos que permiten que una muñeca ande, patine o haga gorgoritos), quizá fuera porque se parecía a ella (las dos eran rubias) o quizá por que era preciosa.

Pero, como decía, a pesar de adorar a aquella muñeca, no jugaba con ella, ni con ninguna otra, porque no sabía jugar con muñecas. A decir verdad, no sabía jugar sola ni con otras niñas, se aburría porque siempre había que hacer lo mismo: vestirla, darle de comer, cambiarle el vestido, volver a darle de comer... Prefería jugar con las piezas de construcción de su hermano y crear naves increíbles, casas imposibles... pero también aquí había un problema: le daba mucha pena desmontar lo creado y, si no lo desmontaba, no podía seguir montando objetos y, con lo ya creado no sabía jugar: ¿qué se supone que debe hacer un niño con una nave?

Su verdadera pasión eran los libros. Podía pasarse horas y horas leyendo uno, sin oír una sola palabra de las que le dijeran (aunque contestara a las pregunsas que le hacían, como pudo comprobar su madre más de una vez). 

Tenía la habitación llena de libros y todos los había leído al menos dos veces. Su padre acostumbraba, cuando iban juntos a algún sitio, a preguntarle quién decía una determinada frase una vez que se había leído todo el libro y puedo asegurar que nunca falló una pregunta. En muchas ocasiones recordaba la contestación o la réplica de los demás personajes, no importaba su número o el número de páginas del libro.

Un libro tuvo la virtud de hacer que, durante el breve espacio de tiempo de dos meses, prestara atención asus muñecas tras leer uno que decía que cuando no se les hacía caso, morían. En ese libro, además, aprendió que, a las doce de la noche recobran la movilidad y hablan entre ellas. ¡Cuánto deseó despertarse a aquella hora para oírlas y preguntarles cosas! A pesar de saber que no era cierto ni lógico ni razonable creer en ello, entraba de repente en su habitación para ver si podía sorprender algún movimiento.

¿Cuántos años tenía la niña? Bien, estaba en la difícil edad que abarca de los 7 a los 14 años y que, en algunas personas es extensible hata los 20. Se la veía equilibrada, seria y responsable, pero las más peregrinas ideas poblaban su mente: quería encontrar un fantasma como el que aparecía en un libro que había leído, quería ser una princesa encantadora, quería encontrar un tesoro perdido y ser capitana de un barco pirata... y mientras tanto, leía y leía y leía...

Y un día empezó a hablar con el viento: le pidió un favor y el viento le acarició suavemente la cara, el cuello, el pelo y desde entonces ella se convirtió en amiga del viento y el viento, según su parecer, en amigo de la niña.

Y ella tuvo noches tristes, noches en las que necesitaba llorar, gritar, saltar o tirarse al suelo; y todo lo que podía hacer y hacía era abrir la ventana y el viento la consolaba como a una niña pequeña, soplando aquí, allí, despacito, despacito, hasta tranquilizarla, dormirla o hacerla soñar.

Hablaban poco: evidentemente, el viento no habla, y ella tampoco decía mucho. Lo saludaba cuando él venía a saludarle en la calle, le daba las gracias cuando la refrescaba o reconfortaba en un día de calor o de lágrimas, le pedía algún que otro favor y le sonreía como sonríe una enamorada.

Era una relación muy especial la del viento y la niña, más importante para ella porque no había leído nada parecido en sus libros y porque realmente adoraba al viento y lo necesitaba, como todos necesitamos a alguien que nos escuche de vez en cuando, alguien que no nos responda, que nos deje llorar mientras nos acaricia y seca nuestras lágrimas, alguien que nunca contará nuestros miedos y angustias, que nunca te regañará aunque digas tonterías, alguien que esperará a que te tranquilices y encuentres por ti mismo solución al problema.

Claro que, una relación así, también es problemática, porque a veces se necesita que alguien te abrace. Los abrazos son muy importantes. Son gestos en los que se muestra el cariño, el afecto, el afán de proteger, la promesa de permanecer junto al abrazado, la necesidad de descanso y despreocupación... Cuando el viento soplaba muy fuerte, la niña se mareaba un poco. Con la excepción de esos dos detalles, su relación era encantadora, romántica, llena de nostálgico misterio, de esperanzado amor. Era una relación de película.

Y fueron las películas su tercera pasión, a la que se entregaba tan frecuentemente como podía. Y si ya con los libros se había enamorado de los personajes a través de su carácter, con las películas cayó enferma de amor con expresiones, gestos y personajes. Descubrió nuevas emociones, lloró de tristeza, de amor y de alegría, padeció desprecios y amó intensamente. Y de forma parecida a como con los libros, era capaz de abstraerse del mundo exterior y centrarse en lo que veía y oía, aunque no de forma tan completa como con aquéllos.

[Y fue así como  conoció el rostro del hombre de quien más veces se enamoró en películas y que aparecería en su mente como protagonista. 

Conforme la niña crecía, las muñecas fueron muriendo; incluso su muñeca favorita desapareció sin que ella recordara haberse dado cuenta de su ausencia. El viento siguió visitándola de tarde en tarde y su vida se reducía a libros y películas, especialmente de ficción y de romance. Ella temblaba y suspiraba ante las escenas de amor, conspiraba con los protagonistas para conseguir el amor de alguien, odiaba al común enemigo y se emocionaba ante las desdichas ocurridas]

En cualquier momento su mirada se fijaba en un objeto sin importancia, como un cenicero o la esquina manchada de polvo del marco de un cuadro, y podía permanecer invóvil durante minutos. Pero aunque aparentemente permanecía quieta, en realidad en aquellos momentos se convertía en un recipiente de emociones, aventuras, deseos y colores. durante aquellos breves espacios de tiempo, él la había mirado intensamente, o la había salvado de un peligro; en otras ocasiones, discutían para luego enamorarse perdidamente uno del otro. Siempre eran diálogos brillantes, llenos de ingenio en los que destacaba ella, siempre al quite de las ocurrencias. Entonces un ruido, su madre, un toque o algo rompían el encanto y él desaparecía hasta el siguiente ensueño.

¿Quién era él? Bueno, podía ser un actor, el personaje de un libro, un compañero de clase o alguien que le había sonreído por la calle; pero normalmente «él» no tenía cara, era sencillamente el hombre encantador, el chico encantador que la hacía suspirar, temblar y enrojecerse hasta la médula cuando le mirara. Aparecía en sus sueños y ensoñaciones y se reflejaba en los personajes literarios a los que adoraba y en los protagonistas de películas con las que quería identificarse.

Sabía mirar las expresiones de los actores, las miraba y las entendía, pensaba que nadie más podía comprenderlas con la misma intensidad con que ella lo hacía. Pero es que ella había tenido mucha práctica anteriormente. Adoraba especialmente los planos que se dedicaban a las miradas entre los personajes y las breves anotaciones que hacían escasa referencia a las pasiones que vivían y sentían, sin demostrarlo apenas, sus personajes favoritos. Los entendía a todos y a cada uno de ellos pues en aquellos momentos en que leía, ella era todos y cada uno de ellos sin excepción.

Y sin embargo, nunca leyó ni vio una historia que hablase de una niña y el viento.

De vez en cuando mantenía conversaciones: la niña se sentaba en la repisa de la ventana, con el cabello flotando sobre sus hombros mientas lo acariciaba y desenredaba el viento; su vestido verde reposabla suavemente sobre la blanca piel de la niña y su azul mirada se perdía en el atardecer. Durante un tiempo no hablaban, ni la niña ni el viento, y entonces ella decía:

—Dime, viento, ¿crees que me enamoraré alguna vez?

Y el viento soplaba suavemtne sobre su frente para despejar esa duda.

—Dime, viento, ¿le reconoceré cuando le vea? ¿Será tan maravilloso como he leído y visto? ¿Sabré que estoy enamorada?

Y el viento soplaba dulcemente sobre su corazón, enseñándole la forma en la que lo sabía: un escalofrío y un estremecimiento recorrieron el interior de la niña.

—Dime, viento, ¿no podrías ser tú aquel a quien espero? ¿O será él como tú y no podré tocarle nunca? ¿Me pertenecerá alguien alguna vez? ¿Perteneceré yo a alguien?

Y el viento soplaba tristemente sobre sus ojos, secando con ternura las lágrimas que amenazaban con invadir sus rosadas mejillas.

Era una conversación habitual que podía ocurrir en cualquier lugar: en el coche, en casa, en la cama... y siempre era la misma escena, siempre en una ventana ojival, al atardecer, con una melancólica mirada y con el viento como único compañero.

Escenas perfectas que se reflejaban en los cuentos e historias que inventaba y que, invariablemente, terminaban con un triste final, acorde con el espíritu general con que las empezaba. Y es que en su interior la niña dudaba de la certeza de las emociones que conocía no por experiencia propia, sino por vía de los libros y de las películas.

Pero había noches en las que la tristeza era el único habitante de su corazón y las lágrimas, las únicas que enturbiaban sus ojos, y en alguna de esas noches no soplaba el viento. Y como el viento no soplaba, la niña no encontraba consuelo y la pena y la tristeza duraban días enteros, y la voz temblorosa y las ganas de llorar saludaban muchas de las mañanas siguientes.

Eran días tristes aquellos, y la niña languidecía, suspiraba, se encogía... su cara palidecía y adoptaba la seriedad, la sumisión y la desesperanza como máscara de baile en una fiesta a la que no le apetecía asistir.

[Canción en la historia, se basó en Serenade de Dover: Ahora sí, ahora no

Nacida del fuego, amante del sol, querida del viento, hermana de un dios
crecida entre sombras, criada sin voz, perdida va ella, perdido el amor.

¿Has pensado alguna vez en cuántas historias hay que acaban bien?
Cuántas leyendas con final feliz. Dime, ¿creíste tú alguna vez que no sería así?
¿Sabías que algo que nunca empezó podría tener fin?
Yo ahora sí.

Creyente de cuentos, enferma de adiós, simiente de ensueños, hambrienta de amor,
corriente de historias, legado de horror, paciente sin cura, y sin ilusión.

¿Has pensado alguna vez en cuántas leyendas hay que acaban bien?
Cuántas histoiras con final feliz. Dime, ¿creíste tú alguna vez que no sería así?
¿Sabías que algo que era perfecto podía tener su fin?
Yo ahora sí.

Hambrienta y perdida, buscando un final, navega sin vida, navega sin mar,
espera las señas que nunca vendrán, se olvida, se olvida... que no hay nadie más.

¿Has pensado alguna vez en cuántos hay que logran ser como uña y como carne, todo a la vez?
Dime, ¿creíste alguna vez que no sería así? ¿Creías que cada persona tiene a alguien de corazón?
Yo ahora no.]

Había días, sin embargo, en los que el sol brillaba en sus ojos e iluminaba su rostro, días en los que las más maravillosas sonrisas que el mundo nuca vio se dibujaban en su rostro y la convertían en otra persona: en alguien feliz.

No puedo decir que esos fueran días escasos, si bien no eran demasiado frecuentes. Pero eso es lo que otroga tanto esplendor a las cosas buenas, pues permite saborearlas de una en una y disfrutar de todos los detalles que las conforman, permitiéndonos más tarde, en horas menos alegres, recordar todos y cada uno de los diminiutos y felices momentos que las formaban.

Aquellos días, todo era perfecto y el buen humor era el perfecto anfritrión de su vida. Descubría continuos motivos de alegría: un niño pequeño, una pareja de enamorados, un grupo de amigos riéndose a suficiente distancia de ella, por supuesto; las primeras gotas de lluvia de una tormenta, la visión de los rayos, una noche llena de estrellas, la luna en plena tarde, una hormiga con su carga camino del hormiguero, el piar de los pájaros... y todo lo recibía con una sonrisa en la cara y otra en el corazón. Esos días se sentía hermosa, distraída y feliz. En un día de aquellos, todo podía ser posible.

No importaba que estuviese nublado o que hiciese frío, es más, en realidad ella lo prefería así porque, de esa forma, aquel era su día, el de nadie más, sólo suyo y de su alegría.

[Puede parecer ésta una forma extraña de pensar e incluso un tanto egoísta, pero lo cierto es que tiene su lógica cuando lo piensas, ¿no? Cuanto peor era el día, más suyo era porque nadie más lo llamaba como propio. Esta forma de pensar la expandía también a libros, películas e, incluso y especialmente, a su actor favorito, aunque también se daba cuenta de lo importante que era que él tuviera gente, aparte de ella, que reconociera su talento.

En fin, creo que me estoy apartando de la idea original de esta historia; veamos, ¿cuál era? Creo que lo tenía claro cuando escribí que una niña hablaba con el viento. Sí, creo que eso era importante, pero ¡cualquiera sabe!, después de todo lo que he escrito.

Ahora viene lo peor, tengo que contar algo..., vamos, qué le puede ocurrir a la niña... hum, quizá podría montar en el viento y escapar de su realidad (que es lo que se consigue con los libros y películas) aunque, claro, no sería muy creíble (lo que no significa que no pudiera pasar), también podría sufrir una experiencia traumática (como perder a alguien o enamorarse), o podría llevar a cabo una existencia dedicada a la vida contemplativa o podría convertirse en... una... artista, de fama mundial en alguna de las artes existentes... Posibilidades hay muchas, pero ¿quién elige la correcta? La niña, por supuesto, por medio de mi ¿acertada? intervención como escritora o narradora de su vida. No te preoucpes, lector, si se rebela, te enterarás de nuestas discusiones.]

Y eran momentos en los que se sentía feliz, atractiva, atrevida y especial. A veces ocurría la llegada de un día melancólico feliz; esos días, sonreía con nostalgia, como recordando bromas secretas, días felices y sueños maravillosos. Aquellos días todo era apacible, sereno y repleto de signos y señales de las cuales ella era la única destinataria y traductora. Y también todo era perfecto aquellas veces, se encontraba en paz consigo misma: sin miedo (un acostumbrado compañero de viaje), sin enfados, sin dudas, sin preocupación acerca de nada. Aquellos días tenían el color del cielo nublado y las hojas secas en otoño, eran días de viento, de ropas anchas y cómodas y de pelo suelto; de acantilados cubiertos de hierba, de paseos a contracorriente en una calle de ciudad.

Le gustaba escribir, bueno, más que escribir, le gustaba escribir bien pero, para su desgracia, era poco ocurrente, poco constante y, además, sólo conseguía expresarse bien y contar buenas historias cuando se enfadaba. O cuando se ponía muy triste.


Un premio con misterio

Hace dos meses, recibí una extraña carta en la que me prometían un viaje maravilloso e inolvidable, ¡es una ironía ver, cómo a veces, la publicidad no engaña! Fui seleccionado mediante sorteo por la marca Paggy con todos los gastos pagados para disfrutar de un fin de semana en uno de los hoteles más caros de nuestras playas: el Hotel Royal Plage.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando descubrí que pertenecía a la base de datos de la marca de sopa de pescado que más dettesto en este mundo; sin embargo, y por una vez, me alegré, en lugar de arrepentirme, por haberles enviado un código de barras de «Sabores Fido, el pescado divertido» junto con mis datos personales hacía ya cinco años.

Mi decisión fue tomada de forma rápida y lógica, todas las posibilidades u opciones estaban claras: puesto que la sopa de pescado Paggy producía más daños que bienestar a los consumidores, tenía que repartir algo de satisfacción de alguna forma así que, ¿por qué desaprovecharla?

Tardé apenas dos días en organizar mi equipaje y dejarm ás o menos resueltos algunos asuntillos pendientes de mi trabajo y, una vez me despedí de mis amigos y familiares (dándoles toda la envidia que pude con mi buena suerte), tomé el tren que me llevaría hasta el escenario de mis sueños más locos.

El hotel me decepcionó al llegar. No era, como esperaba, una imponente mansión victoriana, ni un palacete renacentista, sino un edificio moderno y feo que se alzaba a cien metros de la playa, con demasiadas ventanas y terrazas como para poder resultar elegante. Mi decepción no le pasó inadvertida a una agradable señora que bajaba en aquel instante de un taxi.

—No se apure, joven, por dentro está mucho mejor y el servicio es estupendo.

Se trataba, al parecer, de otra de las invitadas por la sopa de pescado y, por lo que parecía, debía de haber sido ella quien eligiera el hotel, porque lo conocía muy bien: ¡para saber cómo son los servicios hay que pasar algún tiempo dentro, ¿no?!

En recepción nos atendió un educado caballero de mediana edad que, una vez confirmadas nuestras habitaciones y entregadas nuestras respectivas llaves, ordenó a vario s de los jovenzuelos que trasteaban no muy lejos de allí que llevasen nuestros equipajes. Después, nos presentó al resto del grupo.

La señora que me había acompañado era una de las mayores consumidoras de sopa de pescado de la compañía, así que era lógico que le hubiera tocado el viaje. Lo curioso era que llevaba asistiendo a él ¡cinco años consecutivos! Así se comprendía su conocimiento interior del hotel. Se llamaba Rosario y había sido cocinera antes de casarse con un industrial de éxito y dejarlo todo por cuidad de él y de los hijos que tuvieron.

Estaban también dos hermanas, Carla y Marla, que habían coincidido, casualmente, en el hotel. Cada una vivía en un extremo del país, pero su afición por la sopa de pescado las había unido en este viaje. No sólo se parecían sus nombres, sino también sus gestos, su manera de hablar e, incluso, la marca de los zapatos que llevaban. Se mostraron menos abiertas que la señora Rosario y parecieron preferir su mutua compañía a la de los demás.

Finalmente, el señor Ruiz, de mirada huidiza. No hacía más que mirar al muchacho que había llevado su equipaje a la habitación con cara de pocos amigos. No supe nada más de su vida en la presentación y esperé conocerle mejor más tarde, ya que dormiríamos en el mismo pasillo.

Se presentó a nosotros el encargado del viaje, el señor Martín, quien nos explicó que tendríamos tiempo libre hasta el día siguiente a las doce de la mañana, momento en el que deberiamos reunirnos en recepción para acompañarle hasta una de las fábricas de sopa de pescado de la marca para hacernos fotos y entrevistas.

Estuve todo el día con Charo (como me pidió que la llamara) y las heermanas. Fuimos a la playa, a la piscina y a la ducha (cada cual a la suya, claro), así que tenía la piel más arrugada que la de un cachorro de sharpei recién nacido. Estaba pensando en ir a la habitación de Charo para preguntarle si conocía la forma de conseguir algo de crema hidratante cuando oí un ruido extraño en el pasillo. Cuando me asomé, pude ver al señor Ruiz con algo en los brazos, caminando furtivamente hacia su habitación.

Aquella noche, en la cena, se le vio muy animado. Las hermanas Carla y Marla estaban furiosas porque alquien les había robado una hermosa piel de conejo ártico que tenían y que habían pensado ponerse aquella noche. Juraron y juraron que el hotel les debía una indemnización y que debían recibir inmediatamente su compensación.

El señor Martín estuvo hablando (y discutiendo) con ellas hasta bien entrada la noche. el señor Ruiz y yo nos despedimos del grupo a las doce y media y nos dirigimos a nuestras habitaciones. Dionisio, que así se llamaba mi compañero de pasillo, me contó maravillas de su gato Fleko, un precioso gato blanco de angora que había tenido que dejar en casa al cuidado de su madre.

Con tanto hablar de Fleko, al llegar ante la puerta de la habitación de Dionisio me pareció, incluso, oír un maullido. Considerando que aquello evidenciaba mi cansancio, me despedí de él y me retiré a mi habitación.

Tuve unos sueños muy fantasiosos en los que las hermanas Carla y Marla se colocaban a Dionisio Ruiz alrededor del cuello y un gato gigantesto perseguía sobres de sopa de conejo ártico.

A la mañana siguiente, en el desayuno, todos teníamos mala cara; al parecer, la emocionante visita a la fábrica de sopa de pescado nos había quitado el sueño a todos. Dieron las doce y nos reunimos, obedientemente, en recepción, esperando a nuestros «azafato» particular, el señor Martín. Transcurrida media hora, dos juramentos (uno por cada hermana), unos cuantas sonrisitas nerviosas y varios paseos, el elegante y educado caballero de la recepción, con una flema muy británica, nos infoermó de manera cortés de que al señor Martín se le hacía imposible asistir a la cita dado que en aquel momento se encontraba muerto. Nos rogaba, además, que disculpáramos las molestias que tal hecho pudiera causarnos.

Las reacciones fueron muy diversas: Charo palideció mortalmente al oírlo y estuvo a punto de desmayarse; mientras la sujetaba, no dejé de observar la rápida mirada que se dedicaron las hermanas, y Dionisio, quien antes de ese momento había logrado superar su timidez inicial y era capaz de sostener la mirada, tuvo una regresión y volvió a rehuírla.

A mi pregunta de «¿Cómo?», el educado caballeeo me repitió la sorprendente noticia que nos acababa de comunicar, de modo que le pedí, también muy educadamente, que nos explicara de qué modo, si no le immportaba comentárnoslo, había fallecido el señor Martín. Y añadí «por favor», para que se vieran mis modales.

De acuerdo con el caballero, el finado presentaba unas poco estéticas marcas rojas, calificables de arañazos, en la cara. La causa de la muerte, sin embargo, sería conocida una vez acudiera a policía y el cuerpo fuera examinado por el médico forense.

Discretamente le pregunté a Charo por la hora a la que se habían acostado y el resultado de la discusión entre Carla, Marla y el señor Martín. Ella me contó que las hermanas se habían ido muy enfadadas de la sala cuando el encargado de nuestro grupo les había dicho que el hotel no se responsabilizaba de los descuidos de sus clientes.

De modo que la mirada que intercambiaron las hermanas podía haber sido una de satisfacción (¡existe la justicia!), pero también podía haber sido una de triunfo. ¿Podrían ser ellas las asesinas? Porque no había duda, aquello había sido un asesinato. Charo estaba de acuerdo conmigo. Sin embargo, no me cuadraba la mirada huidiza y culpable de mi amigo Dionisio. ¿Habría tenido él algo que ver? ¿O era que tenía noticias tristes de la relación establecida entre Fleko y su madre? Me prometí ir a animarle más tarde y me dediqué de lleno a observar a mis sospechosas: ambas tenían muy mal genio y, lo que parecía más definitorio, ambas llevaban las uñas largas.

Imaginié que habían aplazado la discusión con el señor Martín hasta que pudieran desarrollarla más acaloradamente en la tranquilidad de las habitaciones del encargado. Me imaginé también a las dos mujeres subrayando sus argumentos con una par de arañazos ocasionales a su interlocutor. No llegaba a ver clara la manera en que le habían matado, pero suponía que estaría relacionada con actos violentos y despreciables de esos que, como la lejía, no dejan ni huella.

Cavilaba yo estos pensamientos cuando observé que Dionisio se alejaba y me decidí a seguirle. Nuestra excursión nos llevó al jardín, sin que él se apercibiera de mi presencia; tampoco yo quise hacer ruido para no distraerle ya que, sin duda, estaría pensando en su precioso Fleko y no quería estropear sus recuerdos. Recuerdos que debían de ser muy intensos, puesto que le oí maullar y bisbisear, como si pudiera sentirse así más cerca de su gato. Le dejé, para que pudiera sentirse más cómodo y libre.

En mi camino de vuelta al interior del hotel, observé que habían llegado unos cuantos obreros, «fontaneros» decían los uniformes de trabajo que vestían, que venían a arreglar cierto atranco producido en una de las cañerías de bajada el edificio, de las que conducían al desagüe. ¡Después de todo, los servicios no eran tan buenos como decía Charo!

En la recepción, la histeria había hecho mella en todo el mundo. Probablemente, la noticia de la muerte (y posible asesinato) del señor Martín había influido algo; sin embargo, parecía ser, más bien, la de la llegada, en breve, de la policía loque alteraba los nervios de todos: Charo se había retirado a la habitación y las hermanas no dejaban de retorcerse los dedos ni de morderse los labios, eran todo un poema de autotorturas voluntarias aunque, claro, siendo asesinas (¡asesinas!, sonaba fuerte), parecía lo lógico.

Subí a ver a Charo; sin embargo, no quiso atenderme, alegando que se sentía indispuesta. ¡Menuda mañanita! Afortunadamente, llegó la policía y pude, por fin, contarle a alguien mis sospechas. No dejé de señalar los hechos objetivos del asunto: el cadáver tenía arañazos y las hermanas llevaban las uñas larga. No parecieron hacerme mucho caso, pero supuse que un buen investigador preferiría comprobar por sí mismo sus ideas e hipótesis, al igual que yo había hecho.

La realidad, sin embargo, supera en ocasiones a la imaginación. No en este caso, claro, puesto que, al parecer, el bueno del señor Martín había muerto por un simple ataque al corazón; ¡qué mala suerte!, con lo emocionante que hubiera sido un asesinato.

La policía averigüó que lo que yo suponía un obsesivo cariño por su lejano Fleko era, en realidad, preocupación por lo que la cariñosa criaturita pudiera hacer en el hotel y por lo que el hotel pudiera hacerle al propio señor Ruiz, ya que estaba permanentemente prohibida la presencia de animales. Ciertamente, no había demasiados ciegos en el hotel. 

Así pues, parecían quedar explicados los arazaños en el señor Martína. Dionisio juraba que su Fleko no había sido, puesto que había estado en todo momento con él y se había pasado gran parte de la noche lamiendo mermelada ¿o era Nocilla?, como todo gato educado que se precie.

Subí de nuevo a la habitación de Charo para comentarle lo del infarto. Me recibió una mujer llorosa que  confesó haber pasado la noche con el difunto; lógicamente, antes de serlo. Al parecer, ciertos esfuerzos a determinadas edades no conseguían muy buenos resultados a corto plazo. ¿Y los arañazos? Bueno, mi amiga se definió a sí misma como «una mujer muy pasional» mientras bajaba los ojos avergonzada. Pude ver, sin embargo, una chispa de orgullo en sus ojos. Imaginé que, antes de descansar definitivamente, el señor Martín había pasado una buena noche.

Lo que no entendía entonces era la actitud de Carla y Marla. ¿Por qué estaban tan nerviosas? La explicación vino horas después, una vez que un joven de aquellos que zanganeaban por recepción se acercó a ellas y les entregó la perdida piel de conejo ártico, debidamente limpiada y tratada después de haber causado el atranco en las tuberías del hotel. Al parecer, la habían arrojado allí, pensando que la policía investigaría también el, ahora supuesto, robo de la piel, esperando así cobrar la indemnización. Así que, después de todo, ¡el servicio era excelente!