jueves, 24 de diciembre de 2020

La pequeña lagartija

Érase una vez una pequeña lagartija verde que tomaba el sol sobre una piedra del camino. La pequeña lagartija se encontraba descansando, pues había tenido una mañana muy agitada, había estado corriendo de arribba a abajo, buscando comida, buscando sol, huyendo de las aves más grandes, asustando señoras... Siempre en movimiento, siempre corriendo y estaba un poquito cansada.

Se encontraba, como te digo, descansando sobre una ancha piedra gris del camino pensando en sus cosas de lagartija cuando, de repente, el sol se ocultó. «¡Qué raro, se acaba de nublar!», pensó la lagartija mas, cuando miró, ¿qué crees que vio? ¡Era un niño enorme que se acercaba hasta donde estaba ella para cogerla!

Nuestra amiga saltó institintivamente de la piedra, aunque ya sabes que es muy difícil hacer que una lagartija salte, y comenzó a correr y a correr, sintiendo al niño pegado a ella en la carrera.

Pronto vio su salvación: una tapia vieja y rota, con montones de escondites por entre los qu edeslizarse y escapar de su perseguidor, de modo que metió la quinta y, haciendo un esfuerzo sobrelagartijo, porque sobrehumano no puede ser aplicado a una lagartija pequeña y verde como era la nuestra, llegó a la pared y comenzó a escalarla.

Cuando ya se creía a salvo dentro de una pequeña oquedad en el muro, nuestra pobre lagartija sintió un dolor horrible y espantoso en el rabo. Tan intenso era que apenas si podía dar un paso más. Pero tenía que entrar totalmente en el agujero si quería salvar su vida, de modo que se arrastró penosamente por la angosta abertura hasta que se introdujo en ella completamente. Ya se encontraba a salvo del niño, ahora tenía que ver el tamaño de su herida. Con miedo, volvió la cabeza hacia su parte de atrás y en su dolorido e inmóvil rabo descubrió la causa de su mal.

Observó que, sorprendentemente, aún tenía rabo, cosa que, debido al intenso dolor, había dudado de veras. Bueno, en realidad no estaba del todo entero: el niño había intentado clavarle algo para matarla o para quitarle la cola y, por centímetros, sólo había podido alcanzarle en el final. Al huir, ella misma se arrancó del arma infantil.

Tras unos momentos de espera en los que trató en vano de recuperar el aliento, avanzó por el pasadizo que se intuía al final del tunel y llegó a una gran sala en la que se escucharon gritos aterrados: «¡Un lagarto! ¡Un lagarto, huyamos!». Y toda una familia de arañas grises salió de estampida de su comedor particular.

El monstruo terrorífico que acababa de asustar a los arácnidos parpadeó, levantó una ceja (o lo hubiese hecho de haber podido) y decidió comerse el almuerzo de aquella familia, pensando que quien fue a Lucena, perdió su cena.

—La sopa de moscas estaba deliciosa, tendría que dejar una nota de felicitación a la cociinera de la familia. Realmente exquisita, con moscas de primera calidad.

Una vez saciado su apetito y calmado su ánimo, recorrió la sala, admirando la decoración a base de telarañas artísiticamente colocadas y salió por la misma puerta que habían utilizado sus asustadas anfitrionas. Avanzando por el pasillo encontró luz y, cuando asomó la cabeza, deseando reposar y hacer la digestión al sol, se dio cuenta de que el otro lado de la cerca daba, directamente y sin ninguna duda, a un colegio de niños que, casualmente, se encontraba en aquel momento de recreo. Parecía que todos estuvieran esperándola porque recofrrían sin cesar el muro en busca de algo.

«En fin, saldré  por el otro lado, no creo que aquel niño siga esperando allí», pensó. Pero cuando se disponía a darse la vuelta, se dio cuenta de que no tenía espacio suficiente para hacerlo. Decidió entonces caminar marcha atrás, hasta el comedor, y allí darse la vuelta. Comenzó a moverse mas, de repente, notó con sorpresa que el olor de su rabo volvía con fuerza y que no podía andar más. ¿Qué ocurría? Pues, sencillamente, que la indignada familia a la que había dejado sin comida y en un estado de nervios lamentable para lo que quedaba de día, había tejido una compleja y espesa tela para impedir que volviera por allí. Al andar marcha atrás, fue el dolorido extremo de su cola el que tropezó con la tela y se hizo daño, de tan espesa que era (gracias a la sabiduría de la abuela araña, que recordaba un ataque en su juventud de petirrojos cantores a los que habían alejado mediante aquel sistema de redes fuertes).

De modo que a nuestra lagartija no le quedaba más remedio que salir por el extremo más peligroso, donde no tendría que enfrentarse a uno, sino a millones y millones de salvajes niños. Tragó saliva una vez, se acercó nuevamente al borde, volvió a tragar saliva, suspiró y, encomendándose al dios de los pequeños reptiles, echó a correr.

Inmediatamente, una jauría humana empezó a perseguirla. La mala suerte hizo que saliera en el mismo momento en que Lucas, el niño más cruel de todos los que había en 5ºD, decidiera mirar en la zona del muro donde nuestra amiga apareció.

Piedras y palos le llovieron desde todos los ángulos. Mientras ella, enloquecida, corría para salvar la vida, el malévolo Lucas trataba de acorralarla con las manos, manos que habían acabado con la vida de tiernos pajaritos, a los que tiraba del nido.

De pronto, en el momento en que el niño la tenía efectivamente acorralada, atrapada entre sus manos y temblando por lo que la esperaba, ¡se despertó! Todo había sido un sueño. Se había quedado dormida al sol y había tenido una de las más horrendas pesadillas de su vida.

—¡Uf, qué alivio!

Y entones, el sol se ocultó. «¡Qué raro, se acaba de nublar!», pensó. Mas, cuando abrió los ojos, vio al niño.

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