miércoles, 23 de diciembre de 2020

Mi historia

 Érase una vez una niña. Una niña que hablaba con el viento... y con los objetos y las flores de vez en cuando, y que, incluso, una vez llegó a tener tres amigos invisibles, enamorándose de uno de ellos y todo. Pero no creáis que estaba loca, ni siquiera penséis que era una charlatana porque lo cierto es que decía poco y no esperaba respuesta. Al menos, no una de tipo verbal o gestual; veréis, ella... interpretaba señales. ¡Shhhh!, no lo digáis muy alto y no me miréis con caras raras, como si estuviese ida: Ella era una experta, lo hacía desde pequeña con sus muñecas, que no eran muchas ni tenían nombre. La verdad es que no jugaba con ellas, sino que, de vez en cuando (muy de vez en cuando) las cogía y trataba de mantener una conversación con ellas mirándolas a los ojos para saber lo que pensaban en cada momento y poder así conocer sus opiniones.

Podía diferenciar una muñeca triste de una muñeca alegre donde cualquier otro observador diría que no existía expresión ninguna. Especialmente reconocía las expresiones de su muñeca preferida, con la que tampoco jugaba y que, al igual que las demás, no tenía nombre. ¿Por qué era ésta y no otra más cara y conocida su favorita? No lo sé, quizá fuera porque la tenía desde que era muy pequeña, quizá porque le estropeó el mecanismo de las piernas que hacía que pudiera andar (empujada y manejada por una personas, aún no se habían inventado los sofisticados mecanismos que permiten que una muñeca ande, patine o haga gorgoritos), quizá fuera porque se parecía a ella (las dos eran rubias) o quizá por que era preciosa.

Pero, como decía, a pesar de adorar a aquella muñeca, no jugaba con ella, ni con ninguna otra, porque no sabía jugar con muñecas. A decir verdad, no sabía jugar sola ni con otras niñas, se aburría porque siempre había que hacer lo mismo: vestirla, darle de comer, cambiarle el vestido, volver a darle de comer... Prefería jugar con las piezas de construcción de su hermano y crear naves increíbles, casas imposibles... pero también aquí había un problema: le daba mucha pena desmontar lo creado y, si no lo desmontaba, no podía seguir montando objetos y, con lo ya creado no sabía jugar: ¿qué se supone que debe hacer un niño con una nave?

Su verdadera pasión eran los libros. Podía pasarse horas y horas leyendo uno, sin oír una sola palabra de las que le dijeran (aunque contestara a las pregunsas que le hacían, como pudo comprobar su madre más de una vez). 

Tenía la habitación llena de libros y todos los había leído al menos dos veces. Su padre acostumbraba, cuando iban juntos a algún sitio, a preguntarle quién decía una determinada frase una vez que se había leído todo el libro y puedo asegurar que nunca falló una pregunta. En muchas ocasiones recordaba la contestación o la réplica de los demás personajes, no importaba su número o el número de páginas del libro.

Un libro tuvo la virtud de hacer que, durante el breve espacio de tiempo de dos meses, prestara atención asus muñecas tras leer uno que decía que cuando no se les hacía caso, morían. En ese libro, además, aprendió que, a las doce de la noche recobran la movilidad y hablan entre ellas. ¡Cuánto deseó despertarse a aquella hora para oírlas y preguntarles cosas! A pesar de saber que no era cierto ni lógico ni razonable creer en ello, entraba de repente en su habitación para ver si podía sorprender algún movimiento.

¿Cuántos años tenía la niña? Bien, estaba en la difícil edad que abarca de los 7 a los 14 años y que, en algunas personas es extensible hata los 20. Se la veía equilibrada, seria y responsable, pero las más peregrinas ideas poblaban su mente: quería encontrar un fantasma como el que aparecía en un libro que había leído, quería ser una princesa encantadora, quería encontrar un tesoro perdido y ser capitana de un barco pirata... y mientras tanto, leía y leía y leía...

Y un día empezó a hablar con el viento: le pidió un favor y el viento le acarició suavemente la cara, el cuello, el pelo y desde entonces ella se convirtió en amiga del viento y el viento, según su parecer, en amigo de la niña.

Y ella tuvo noches tristes, noches en las que necesitaba llorar, gritar, saltar o tirarse al suelo; y todo lo que podía hacer y hacía era abrir la ventana y el viento la consolaba como a una niña pequeña, soplando aquí, allí, despacito, despacito, hasta tranquilizarla, dormirla o hacerla soñar.

Hablaban poco: evidentemente, el viento no habla, y ella tampoco decía mucho. Lo saludaba cuando él venía a saludarle en la calle, le daba las gracias cuando la refrescaba o reconfortaba en un día de calor o de lágrimas, le pedía algún que otro favor y le sonreía como sonríe una enamorada.

Era una relación muy especial la del viento y la niña, más importante para ella porque no había leído nada parecido en sus libros y porque realmente adoraba al viento y lo necesitaba, como todos necesitamos a alguien que nos escuche de vez en cuando, alguien que no nos responda, que nos deje llorar mientras nos acaricia y seca nuestras lágrimas, alguien que nunca contará nuestros miedos y angustias, que nunca te regañará aunque digas tonterías, alguien que esperará a que te tranquilices y encuentres por ti mismo solución al problema.

Claro que, una relación así, también es problemática, porque a veces se necesita que alguien te abrace. Los abrazos son muy importantes. Son gestos en los que se muestra el cariño, el afecto, el afán de proteger, la promesa de permanecer junto al abrazado, la necesidad de descanso y despreocupación... Cuando el viento soplaba muy fuerte, la niña se mareaba un poco. Con la excepción de esos dos detalles, su relación era encantadora, romántica, llena de nostálgico misterio, de esperanzado amor. Era una relación de película.

Y fueron las películas su tercera pasión, a la que se entregaba tan frecuentemente como podía. Y si ya con los libros se había enamorado de los personajes a través de su carácter, con las películas cayó enferma de amor con expresiones, gestos y personajes. Descubrió nuevas emociones, lloró de tristeza, de amor y de alegría, padeció desprecios y amó intensamente. Y de forma parecida a como con los libros, era capaz de abstraerse del mundo exterior y centrarse en lo que veía y oía, aunque no de forma tan completa como con aquéllos.

[Y fue así como  conoció el rostro del hombre de quien más veces se enamoró en películas y que aparecería en su mente como protagonista. 

Conforme la niña crecía, las muñecas fueron muriendo; incluso su muñeca favorita desapareció sin que ella recordara haberse dado cuenta de su ausencia. El viento siguió visitándola de tarde en tarde y su vida se reducía a libros y películas, especialmente de ficción y de romance. Ella temblaba y suspiraba ante las escenas de amor, conspiraba con los protagonistas para conseguir el amor de alguien, odiaba al común enemigo y se emocionaba ante las desdichas ocurridas]

En cualquier momento su mirada se fijaba en un objeto sin importancia, como un cenicero o la esquina manchada de polvo del marco de un cuadro, y podía permanecer invóvil durante minutos. Pero aunque aparentemente permanecía quieta, en realidad en aquellos momentos se convertía en un recipiente de emociones, aventuras, deseos y colores. durante aquellos breves espacios de tiempo, él la había mirado intensamente, o la había salvado de un peligro; en otras ocasiones, discutían para luego enamorarse perdidamente uno del otro. Siempre eran diálogos brillantes, llenos de ingenio en los que destacaba ella, siempre al quite de las ocurrencias. Entonces un ruido, su madre, un toque o algo rompían el encanto y él desaparecía hasta el siguiente ensueño.

¿Quién era él? Bueno, podía ser un actor, el personaje de un libro, un compañero de clase o alguien que le había sonreído por la calle; pero normalmente «él» no tenía cara, era sencillamente el hombre encantador, el chico encantador que la hacía suspirar, temblar y enrojecerse hasta la médula cuando le mirara. Aparecía en sus sueños y ensoñaciones y se reflejaba en los personajes literarios a los que adoraba y en los protagonistas de películas con las que quería identificarse.

Sabía mirar las expresiones de los actores, las miraba y las entendía, pensaba que nadie más podía comprenderlas con la misma intensidad con que ella lo hacía. Pero es que ella había tenido mucha práctica anteriormente. Adoraba especialmente los planos que se dedicaban a las miradas entre los personajes y las breves anotaciones que hacían escasa referencia a las pasiones que vivían y sentían, sin demostrarlo apenas, sus personajes favoritos. Los entendía a todos y a cada uno de ellos pues en aquellos momentos en que leía, ella era todos y cada uno de ellos sin excepción.

Y sin embargo, nunca leyó ni vio una historia que hablase de una niña y el viento.

De vez en cuando mantenía conversaciones: la niña se sentaba en la repisa de la ventana, con el cabello flotando sobre sus hombros mientas lo acariciaba y desenredaba el viento; su vestido verde reposabla suavemente sobre la blanca piel de la niña y su azul mirada se perdía en el atardecer. Durante un tiempo no hablaban, ni la niña ni el viento, y entonces ella decía:

—Dime, viento, ¿crees que me enamoraré alguna vez?

Y el viento soplaba suavemtne sobre su frente para despejar esa duda.

—Dime, viento, ¿le reconoceré cuando le vea? ¿Será tan maravilloso como he leído y visto? ¿Sabré que estoy enamorada?

Y el viento soplaba dulcemente sobre su corazón, enseñándole la forma en la que lo sabía: un escalofrío y un estremecimiento recorrieron el interior de la niña.

—Dime, viento, ¿no podrías ser tú aquel a quien espero? ¿O será él como tú y no podré tocarle nunca? ¿Me pertenecerá alguien alguna vez? ¿Perteneceré yo a alguien?

Y el viento soplaba tristemente sobre sus ojos, secando con ternura las lágrimas que amenazaban con invadir sus rosadas mejillas.

Era una conversación habitual que podía ocurrir en cualquier lugar: en el coche, en casa, en la cama... y siempre era la misma escena, siempre en una ventana ojival, al atardecer, con una melancólica mirada y con el viento como único compañero.

Escenas perfectas que se reflejaban en los cuentos e historias que inventaba y que, invariablemente, terminaban con un triste final, acorde con el espíritu general con que las empezaba. Y es que en su interior la niña dudaba de la certeza de las emociones que conocía no por experiencia propia, sino por vía de los libros y de las películas.

Pero había noches en las que la tristeza era el único habitante de su corazón y las lágrimas, las únicas que enturbiaban sus ojos, y en alguna de esas noches no soplaba el viento. Y como el viento no soplaba, la niña no encontraba consuelo y la pena y la tristeza duraban días enteros, y la voz temblorosa y las ganas de llorar saludaban muchas de las mañanas siguientes.

Eran días tristes aquellos, y la niña languidecía, suspiraba, se encogía... su cara palidecía y adoptaba la seriedad, la sumisión y la desesperanza como máscara de baile en una fiesta a la que no le apetecía asistir.

[Canción en la historia, se basó en Serenade de Dover: Ahora sí, ahora no

Nacida del fuego, amante del sol, querida del viento, hermana de un dios
crecida entre sombras, criada sin voz, perdida va ella, perdido el amor.

¿Has pensado alguna vez en cuántas historias hay que acaban bien?
Cuántas leyendas con final feliz. Dime, ¿creíste tú alguna vez que no sería así?
¿Sabías que algo que nunca empezó podría tener fin?
Yo ahora sí.

Creyente de cuentos, enferma de adiós, simiente de ensueños, hambrienta de amor,
corriente de historias, legado de horror, paciente sin cura, y sin ilusión.

¿Has pensado alguna vez en cuántas leyendas hay que acaban bien?
Cuántas histoiras con final feliz. Dime, ¿creíste tú alguna vez que no sería así?
¿Sabías que algo que era perfecto podía tener su fin?
Yo ahora sí.

Hambrienta y perdida, buscando un final, navega sin vida, navega sin mar,
espera las señas que nunca vendrán, se olvida, se olvida... que no hay nadie más.

¿Has pensado alguna vez en cuántos hay que logran ser como uña y como carne, todo a la vez?
Dime, ¿creíste alguna vez que no sería así? ¿Creías que cada persona tiene a alguien de corazón?
Yo ahora no.]

Había días, sin embargo, en los que el sol brillaba en sus ojos e iluminaba su rostro, días en los que las más maravillosas sonrisas que el mundo nuca vio se dibujaban en su rostro y la convertían en otra persona: en alguien feliz.

No puedo decir que esos fueran días escasos, si bien no eran demasiado frecuentes. Pero eso es lo que otroga tanto esplendor a las cosas buenas, pues permite saborearlas de una en una y disfrutar de todos los detalles que las conforman, permitiéndonos más tarde, en horas menos alegres, recordar todos y cada uno de los diminiutos y felices momentos que las formaban.

Aquellos días, todo era perfecto y el buen humor era el perfecto anfritrión de su vida. Descubría continuos motivos de alegría: un niño pequeño, una pareja de enamorados, un grupo de amigos riéndose a suficiente distancia de ella, por supuesto; las primeras gotas de lluvia de una tormenta, la visión de los rayos, una noche llena de estrellas, la luna en plena tarde, una hormiga con su carga camino del hormiguero, el piar de los pájaros... y todo lo recibía con una sonrisa en la cara y otra en el corazón. Esos días se sentía hermosa, distraída y feliz. En un día de aquellos, todo podía ser posible.

No importaba que estuviese nublado o que hiciese frío, es más, en realidad ella lo prefería así porque, de esa forma, aquel era su día, el de nadie más, sólo suyo y de su alegría.

[Puede parecer ésta una forma extraña de pensar e incluso un tanto egoísta, pero lo cierto es que tiene su lógica cuando lo piensas, ¿no? Cuanto peor era el día, más suyo era porque nadie más lo llamaba como propio. Esta forma de pensar la expandía también a libros, películas e, incluso y especialmente, a su actor favorito, aunque también se daba cuenta de lo importante que era que él tuviera gente, aparte de ella, que reconociera su talento.

En fin, creo que me estoy apartando de la idea original de esta historia; veamos, ¿cuál era? Creo que lo tenía claro cuando escribí que una niña hablaba con el viento. Sí, creo que eso era importante, pero ¡cualquiera sabe!, después de todo lo que he escrito.

Ahora viene lo peor, tengo que contar algo..., vamos, qué le puede ocurrir a la niña... hum, quizá podría montar en el viento y escapar de su realidad (que es lo que se consigue con los libros y películas) aunque, claro, no sería muy creíble (lo que no significa que no pudiera pasar), también podría sufrir una experiencia traumática (como perder a alguien o enamorarse), o podría llevar a cabo una existencia dedicada a la vida contemplativa o podría convertirse en... una... artista, de fama mundial en alguna de las artes existentes... Posibilidades hay muchas, pero ¿quién elige la correcta? La niña, por supuesto, por medio de mi ¿acertada? intervención como escritora o narradora de su vida. No te preoucpes, lector, si se rebela, te enterarás de nuestas discusiones.]

Y eran momentos en los que se sentía feliz, atractiva, atrevida y especial. A veces ocurría la llegada de un día melancólico feliz; esos días, sonreía con nostalgia, como recordando bromas secretas, días felices y sueños maravillosos. Aquellos días todo era apacible, sereno y repleto de signos y señales de las cuales ella era la única destinataria y traductora. Y también todo era perfecto aquellas veces, se encontraba en paz consigo misma: sin miedo (un acostumbrado compañero de viaje), sin enfados, sin dudas, sin preocupación acerca de nada. Aquellos días tenían el color del cielo nublado y las hojas secas en otoño, eran días de viento, de ropas anchas y cómodas y de pelo suelto; de acantilados cubiertos de hierba, de paseos a contracorriente en una calle de ciudad.

Le gustaba escribir, bueno, más que escribir, le gustaba escribir bien pero, para su desgracia, era poco ocurrente, poco constante y, además, sólo conseguía expresarse bien y contar buenas historias cuando se enfadaba. O cuando se ponía muy triste.


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