miércoles, 23 de diciembre de 2020

Un premio con misterio

Hace dos meses, recibí una extraña carta en la que me prometían un viaje maravilloso e inolvidable, ¡es una ironía ver, cómo a veces, la publicidad no engaña! Fui seleccionado mediante sorteo por la marca Paggy con todos los gastos pagados para disfrutar de un fin de semana en uno de los hoteles más caros de nuestras playas: el Hotel Royal Plage.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando descubrí que pertenecía a la base de datos de la marca de sopa de pescado que más dettesto en este mundo; sin embargo, y por una vez, me alegré, en lugar de arrepentirme, por haberles enviado un código de barras de «Sabores Fido, el pescado divertido» junto con mis datos personales hacía ya cinco años.

Mi decisión fue tomada de forma rápida y lógica, todas las posibilidades u opciones estaban claras: puesto que la sopa de pescado Paggy producía más daños que bienestar a los consumidores, tenía que repartir algo de satisfacción de alguna forma así que, ¿por qué desaprovecharla?

Tardé apenas dos días en organizar mi equipaje y dejarm ás o menos resueltos algunos asuntillos pendientes de mi trabajo y, una vez me despedí de mis amigos y familiares (dándoles toda la envidia que pude con mi buena suerte), tomé el tren que me llevaría hasta el escenario de mis sueños más locos.

El hotel me decepcionó al llegar. No era, como esperaba, una imponente mansión victoriana, ni un palacete renacentista, sino un edificio moderno y feo que se alzaba a cien metros de la playa, con demasiadas ventanas y terrazas como para poder resultar elegante. Mi decepción no le pasó inadvertida a una agradable señora que bajaba en aquel instante de un taxi.

—No se apure, joven, por dentro está mucho mejor y el servicio es estupendo.

Se trataba, al parecer, de otra de las invitadas por la sopa de pescado y, por lo que parecía, debía de haber sido ella quien eligiera el hotel, porque lo conocía muy bien: ¡para saber cómo son los servicios hay que pasar algún tiempo dentro, ¿no?!

En recepción nos atendió un educado caballero de mediana edad que, una vez confirmadas nuestras habitaciones y entregadas nuestras respectivas llaves, ordenó a vario s de los jovenzuelos que trasteaban no muy lejos de allí que llevasen nuestros equipajes. Después, nos presentó al resto del grupo.

La señora que me había acompañado era una de las mayores consumidoras de sopa de pescado de la compañía, así que era lógico que le hubiera tocado el viaje. Lo curioso era que llevaba asistiendo a él ¡cinco años consecutivos! Así se comprendía su conocimiento interior del hotel. Se llamaba Rosario y había sido cocinera antes de casarse con un industrial de éxito y dejarlo todo por cuidad de él y de los hijos que tuvieron.

Estaban también dos hermanas, Carla y Marla, que habían coincidido, casualmente, en el hotel. Cada una vivía en un extremo del país, pero su afición por la sopa de pescado las había unido en este viaje. No sólo se parecían sus nombres, sino también sus gestos, su manera de hablar e, incluso, la marca de los zapatos que llevaban. Se mostraron menos abiertas que la señora Rosario y parecieron preferir su mutua compañía a la de los demás.

Finalmente, el señor Ruiz, de mirada huidiza. No hacía más que mirar al muchacho que había llevado su equipaje a la habitación con cara de pocos amigos. No supe nada más de su vida en la presentación y esperé conocerle mejor más tarde, ya que dormiríamos en el mismo pasillo.

Se presentó a nosotros el encargado del viaje, el señor Martín, quien nos explicó que tendríamos tiempo libre hasta el día siguiente a las doce de la mañana, momento en el que deberiamos reunirnos en recepción para acompañarle hasta una de las fábricas de sopa de pescado de la marca para hacernos fotos y entrevistas.

Estuve todo el día con Charo (como me pidió que la llamara) y las heermanas. Fuimos a la playa, a la piscina y a la ducha (cada cual a la suya, claro), así que tenía la piel más arrugada que la de un cachorro de sharpei recién nacido. Estaba pensando en ir a la habitación de Charo para preguntarle si conocía la forma de conseguir algo de crema hidratante cuando oí un ruido extraño en el pasillo. Cuando me asomé, pude ver al señor Ruiz con algo en los brazos, caminando furtivamente hacia su habitación.

Aquella noche, en la cena, se le vio muy animado. Las hermanas Carla y Marla estaban furiosas porque alquien les había robado una hermosa piel de conejo ártico que tenían y que habían pensado ponerse aquella noche. Juraron y juraron que el hotel les debía una indemnización y que debían recibir inmediatamente su compensación.

El señor Martín estuvo hablando (y discutiendo) con ellas hasta bien entrada la noche. el señor Ruiz y yo nos despedimos del grupo a las doce y media y nos dirigimos a nuestras habitaciones. Dionisio, que así se llamaba mi compañero de pasillo, me contó maravillas de su gato Fleko, un precioso gato blanco de angora que había tenido que dejar en casa al cuidado de su madre.

Con tanto hablar de Fleko, al llegar ante la puerta de la habitación de Dionisio me pareció, incluso, oír un maullido. Considerando que aquello evidenciaba mi cansancio, me despedí de él y me retiré a mi habitación.

Tuve unos sueños muy fantasiosos en los que las hermanas Carla y Marla se colocaban a Dionisio Ruiz alrededor del cuello y un gato gigantesto perseguía sobres de sopa de conejo ártico.

A la mañana siguiente, en el desayuno, todos teníamos mala cara; al parecer, la emocionante visita a la fábrica de sopa de pescado nos había quitado el sueño a todos. Dieron las doce y nos reunimos, obedientemente, en recepción, esperando a nuestros «azafato» particular, el señor Martín. Transcurrida media hora, dos juramentos (uno por cada hermana), unos cuantas sonrisitas nerviosas y varios paseos, el elegante y educado caballero de la recepción, con una flema muy británica, nos infoermó de manera cortés de que al señor Martín se le hacía imposible asistir a la cita dado que en aquel momento se encontraba muerto. Nos rogaba, además, que disculpáramos las molestias que tal hecho pudiera causarnos.

Las reacciones fueron muy diversas: Charo palideció mortalmente al oírlo y estuvo a punto de desmayarse; mientras la sujetaba, no dejé de observar la rápida mirada que se dedicaron las hermanas, y Dionisio, quien antes de ese momento había logrado superar su timidez inicial y era capaz de sostener la mirada, tuvo una regresión y volvió a rehuírla.

A mi pregunta de «¿Cómo?», el educado caballeeo me repitió la sorprendente noticia que nos acababa de comunicar, de modo que le pedí, también muy educadamente, que nos explicara de qué modo, si no le immportaba comentárnoslo, había fallecido el señor Martín. Y añadí «por favor», para que se vieran mis modales.

De acuerdo con el caballero, el finado presentaba unas poco estéticas marcas rojas, calificables de arañazos, en la cara. La causa de la muerte, sin embargo, sería conocida una vez acudiera a policía y el cuerpo fuera examinado por el médico forense.

Discretamente le pregunté a Charo por la hora a la que se habían acostado y el resultado de la discusión entre Carla, Marla y el señor Martín. Ella me contó que las hermanas se habían ido muy enfadadas de la sala cuando el encargado de nuestro grupo les había dicho que el hotel no se responsabilizaba de los descuidos de sus clientes.

De modo que la mirada que intercambiaron las hermanas podía haber sido una de satisfacción (¡existe la justicia!), pero también podía haber sido una de triunfo. ¿Podrían ser ellas las asesinas? Porque no había duda, aquello había sido un asesinato. Charo estaba de acuerdo conmigo. Sin embargo, no me cuadraba la mirada huidiza y culpable de mi amigo Dionisio. ¿Habría tenido él algo que ver? ¿O era que tenía noticias tristes de la relación establecida entre Fleko y su madre? Me prometí ir a animarle más tarde y me dediqué de lleno a observar a mis sospechosas: ambas tenían muy mal genio y, lo que parecía más definitorio, ambas llevaban las uñas largas.

Imaginié que habían aplazado la discusión con el señor Martín hasta que pudieran desarrollarla más acaloradamente en la tranquilidad de las habitaciones del encargado. Me imaginé también a las dos mujeres subrayando sus argumentos con una par de arañazos ocasionales a su interlocutor. No llegaba a ver clara la manera en que le habían matado, pero suponía que estaría relacionada con actos violentos y despreciables de esos que, como la lejía, no dejan ni huella.

Cavilaba yo estos pensamientos cuando observé que Dionisio se alejaba y me decidí a seguirle. Nuestra excursión nos llevó al jardín, sin que él se apercibiera de mi presencia; tampoco yo quise hacer ruido para no distraerle ya que, sin duda, estaría pensando en su precioso Fleko y no quería estropear sus recuerdos. Recuerdos que debían de ser muy intensos, puesto que le oí maullar y bisbisear, como si pudiera sentirse así más cerca de su gato. Le dejé, para que pudiera sentirse más cómodo y libre.

En mi camino de vuelta al interior del hotel, observé que habían llegado unos cuantos obreros, «fontaneros» decían los uniformes de trabajo que vestían, que venían a arreglar cierto atranco producido en una de las cañerías de bajada el edificio, de las que conducían al desagüe. ¡Después de todo, los servicios no eran tan buenos como decía Charo!

En la recepción, la histeria había hecho mella en todo el mundo. Probablemente, la noticia de la muerte (y posible asesinato) del señor Martín había influido algo; sin embargo, parecía ser, más bien, la de la llegada, en breve, de la policía loque alteraba los nervios de todos: Charo se había retirado a la habitación y las hermanas no dejaban de retorcerse los dedos ni de morderse los labios, eran todo un poema de autotorturas voluntarias aunque, claro, siendo asesinas (¡asesinas!, sonaba fuerte), parecía lo lógico.

Subí a ver a Charo; sin embargo, no quiso atenderme, alegando que se sentía indispuesta. ¡Menuda mañanita! Afortunadamente, llegó la policía y pude, por fin, contarle a alguien mis sospechas. No dejé de señalar los hechos objetivos del asunto: el cadáver tenía arañazos y las hermanas llevaban las uñas larga. No parecieron hacerme mucho caso, pero supuse que un buen investigador preferiría comprobar por sí mismo sus ideas e hipótesis, al igual que yo había hecho.

La realidad, sin embargo, supera en ocasiones a la imaginación. No en este caso, claro, puesto que, al parecer, el bueno del señor Martín había muerto por un simple ataque al corazón; ¡qué mala suerte!, con lo emocionante que hubiera sido un asesinato.

La policía averigüó que lo que yo suponía un obsesivo cariño por su lejano Fleko era, en realidad, preocupación por lo que la cariñosa criaturita pudiera hacer en el hotel y por lo que el hotel pudiera hacerle al propio señor Ruiz, ya que estaba permanentemente prohibida la presencia de animales. Ciertamente, no había demasiados ciegos en el hotel. 

Así pues, parecían quedar explicados los arazaños en el señor Martína. Dionisio juraba que su Fleko no había sido, puesto que había estado en todo momento con él y se había pasado gran parte de la noche lamiendo mermelada ¿o era Nocilla?, como todo gato educado que se precie.

Subí de nuevo a la habitación de Charo para comentarle lo del infarto. Me recibió una mujer llorosa que  confesó haber pasado la noche con el difunto; lógicamente, antes de serlo. Al parecer, ciertos esfuerzos a determinadas edades no conseguían muy buenos resultados a corto plazo. ¿Y los arañazos? Bueno, mi amiga se definió a sí misma como «una mujer muy pasional» mientras bajaba los ojos avergonzada. Pude ver, sin embargo, una chispa de orgullo en sus ojos. Imaginé que, antes de descansar definitivamente, el señor Martín había pasado una buena noche.

Lo que no entendía entonces era la actitud de Carla y Marla. ¿Por qué estaban tan nerviosas? La explicación vino horas después, una vez que un joven de aquellos que zanganeaban por recepción se acercó a ellas y les entregó la perdida piel de conejo ártico, debidamente limpiada y tratada después de haber causado el atranco en las tuberías del hotel. Al parecer, la habían arrojado allí, pensando que la policía investigaría también el, ahora supuesto, robo de la piel, esperando así cobrar la indemnización. Así que, después de todo, ¡el servicio era excelente!


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