jueves, 26 de noviembre de 2020

El tesoro del ratón

Hace muchos años, en un país lejano, vivía una familia de ratones. 

Tenían bucado su pequeño y ratonil hogar en la pared de un enorme colegio para seres humanos. El padre ratón, el roedor (rdr.) Uick, trabajaba en la muy honorable tarea de retirar los escombros de las vías de circulación. ¡Aquellos humanos eran tan torpes!, continuamente se les caían cosas: papeles, cáscaras, migas, objetos de no-cristal..., y el roedor Uick se encagaba de apartarlos de los principales caminos de comunicación. 

Este servicio de limpieza para el que trabajaba se ocupaba también de reciclar algunos de aquellos materiales, como los trozos de papel, empleados para acondicionar nuevas casas, o las cáscaras de ciertos frutos, que pasaban a integrar el almacén general de comida de la comunidad. Parecía, además, que desde tiempos remotos existía un acuerdo con los humanos, puesto que ellos, de vez en cuando, facilitaban la labor de estos silenciosos trabajadores acumulando los desperdicios en un lugar determinado, una especie de supermercado para la comunidad animal. Aquellos días de mercado, el roedor Uick se quedaba en casa y era la roedora Uick quien se encargaba de adquirir lo que necesitaban. En ocasiones, ninguno de los dos tenía que salir, puesto que con lo que el roedor Uick se traía a casa les era suficiente. Aquellos días se iban juntos a dar una vuelta y a visitar a sus amigos.

El día que comienza nuestra historia, volvían de uno de aquellos paseos.

-La roedora Yiuk me ha comentado hoy en el mercado que la felina Miu ha oído decir a su marido, el felino Miu, que los humanos han decidido no organizar ningún día más de mercado -decía la roedora Uick.

-Pero querida, ¿cómo puede ser eso cierto? Los humanos han venido haciéndolos desde tiempo inmemorial, es ley de vida -contestó su marido-. De todas formas, lo comentaré con el director si así te quedas más tranquila -añadió después con una sonrisa, y movió el bigote de la manera que ella prefería.

En casa, su hijo Iiki les había preparado la cena. Este Iiki era un ratoncito raro. Apenas salía con otros ratones, tampoco huía de los gatos ni de otros animales mayores, sino que conversaba con ellos y les ofrecía opinión y consejo; era serio, formal y responsbale y tenía un extraño sentido del humor. Pese a ello, o quizá por esa causa, se había construido una reputación de ratón cabal y sensato, muy por encima de jovenzuelos de su edad. Constituían, pues, un modelo de familia ejemplar, reconocido por todos sus vecinos.

Un día, el roedor Uick llevó algo a casa. No era extraño, ya que habitualmente lo hacía, sin embargo, aquella vez, el objeto era sorprendente. Se trataba de una hoja de papel, lo cual en sí no era motivo de asombro, sus propias habitaciones se comoponían de este material, pero sí lo era lo que tenía escrito. A decir verdad, el roedor Uick lo había cogido para empapelar de nuevo la habitación de Iiki por los dibujos e imágenes que contenía. Cuando el ratoncito lo vio, las pupilas se le dilataron y comenzó a agitar sus pequeños bigotes, mostrando una gran excitación.

-¡Santa Ratona! -exclamó-, ¿de dónde lo has sacado, padre?

El roedor Uick, que no esperaba una muestra así de entusiasmo, pasó a contarle con evidentes signos de satisfacción cómo, tras una mañana muy aburrida, uno de los humanos había perdido el papel y había sido incapad de encontrarlo. Estaban en el momento más emocionante de su narración, cuando le contaba cómo se decidió a tomar el papel ¡delante mismo de un humano!, cuando su hijo le interrumpió de forma abrupta.

-¡Es el plano de un tesoro, padre!

-Iiki, cariño -intervino su madre entonces-, ¿no te habrás pasado demasiado tiempo al sol?

-No, madre -contestó el ratoncito, algo más tranquilo-. Los dibujos que tanto admira padre no son más que indicaciones para encontrar el tesoro.

-¡Techos, hijo, qué buena noticia! Vas a ser el único ratoncito cuyas paredes escondan un secreto, ¡ji, ji" -comentó alegremente el roedor Uick.

-¿Por qué no vamos a buscarlo? -propuso la roedora Uick-, quizá se trate de un pastel de queso con el que celebrar tu fiesta de cumpleaños.

-No creo, madre -habló Iiki con seriedad-, los humanos no suelen llamar tesoro a nada que no sea riqueza para ellos y todos sabemos que lo que más aprecian son los círculos metálicos que de vez en cuando pierden y que llaman dinero.

-Quizá... -comenzó su padre-, si encontramos ese... dinero, podamos convencer a los humanos para que no suspendan los días de mercado si se da el caso de que esos rumores fueran ciertos.

-Es posible -concedió el ratoncito-, los humanos actúan de esa forma.

De modo que Iiki tradujo a sus emocionados padres los signos y símbolos que se observaban en el papel. No le fue difícil hacerle, e incluso creó una especie de juego de palabras para que sus padres recordaran más fácilmente el lugar del escondite.Y su habilidad era lógica, siendo como era Iiki un pequeño ratón de biblioteca.

Las rimas, que el roedor y la roedora Uick siguieron a la perfección les condujeron hasta un rincón apartado del jardín trasero del colegio.

-Cuatro bigotes de rata y otros tantos de ratón desde el árbol de los gatos hacia donde nace el sol -recitaba la roedora Uick mientras su esposo seguía las indicadiones.

-Clava las patas al suelo, muévelas con gran fruición...

-Y descubrirás al poco el tesoro del ratón -completó su marido, brillantes los ojillos-. ¡Creo que ya lo veo!

Terminó de apartar la arena con las patas y ambos vieron una bolsa de tela en el agujero. La sacaron entre los dos con gran esfuerzo y la arrastraron hasta su hogar, con cuidado de no ser vistos. Una vez llegaron, fue Iiki el encargado de abrirla, ya que había sido él quien había descifrado el mensaje.

El contenido de la bolsa los dejó boquiabiertos a todos menos a Iiki, quien ya sabía de qué eran capaces los humanos. El tesoro del ratón consistía en un tarrito de cristal que con el viaje se había roto y que contenía arena muy fina; pétalos de flores y hojas secas y trozos pequeños de papel.

-Pero, ¿qué...? -comenzó el roedor Uick.

-No es más que el tesoro de un humano pequeño, padre. Sin duda no nos dimos cuenta de ello -explicó Iiki-. Son cosas que aprecia, eso es todo.

-Y ¿qué vamos a hacer ahora? -indagó su madre-, seguro que al dueño no podremos convencerle para que no interrumpa los días de mercado.

-Habrá que devolverlo -decició el roedor Uick-, imaginaos la tristeza del pequeño ser humano, con lo mudables que son...

Con una peculiar sonrisa, Iiki se acercó a la bolsa y, con los dientes, cortó un hijo que sobresalía. Y así, los dos esposos volvieron a darse a la tarea de arrastrar la bolsa.

La suerte, buena o mala, que el lector lo juzgue, quiso que una de las costuras se abriera y por ella, con el vaivén del viaje, se fueran perdiendo arena, pétalos y papeles; hecho del que los ratones no se dieron cuenta. 

Una vez sepultado el tesoro del ratón y, con él, la última esperanza de solución a su problema, regresaron a su hogar por un camino más corto pero abrupto que ahora, sin lastre, podrían recorrer fácilmente. Quiso la suerte también, y de nuevo juzgue el lector su tendencia, que a la mañana siguiente un inspector de sanidad visitara el colegio de forma imprevista y encontrara arena en ciertos rincones, pétalos secos, trozos de papel y tierra... no solamente en una esquina, cosa que ocurre de vez en cuando incluso en los mejores colegios, sino por todo el suelo; de modo que, tras el escándalo que se produjo, se vieron obligados a limpiar todos los días de la semana y los lunes dos veces.

¿En qúe afectó esto a nuestros ratones? El roedor Uick comenzó a trabajar en el turno de mañana, cuando aún no se había limpiado lo de la tarde anterior, y llegaba a casa con cosas ricas y útiles para toda la familia. La roedora Uick se acercaba al mercado tras la limpieza, una vez cerraba el colegio, y volvía a casa con la comida y con jugosos comentarios sobre la vecindad. Iiki siguió con sus estudios y consiguió convertirse, con el tiempo, en el primer ratón político de la historia. Juzgad ahora si la suerte fue benévola.

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