martes, 24 de noviembre de 2020

María, madre de Jesús

 

María, la madre de Jesús

 

María: ¡Jesús! ¡Jesúúúús! [frustrada] ¡Nada, a este chico no hay quien lo encuentre! Está claro que, cuando quiere, parece que se hace invisible. ¡Jesús!

 

[Aparece por la calle Rebeca, una vecina de Nazaret]

 

María: [A Rebeca] Buenos días te dé Dios, Rebeca. ¿Por casualidad no habrás visto a Jesús esta mañana?

 

Rebeca: Buenos días también para ti, María. No, no he visto a ninguno de los chicos por la plaza, que es de donde vengo. Pero creo que el maestro Joachim se los iba a llevar hoy a ver cómo se siembra el trigo al campo de Ezequiel ben Judá.

 

María: [Se retuerce las manos, nerviosa] ¿Al campo de Ezequiel? Mira que le dije que no volviera a acercarse por allí en una buena temporada después de la que se lio hace unos meses.

 

Rebeca: Tranquila, mujer, si fueron chiquilladas. Verás cómo el maestro Joachim los tiene controlados. Además, al final las gavillas perdidas aparecieron de nuevo, casi por arte de magia. Todo quedó en una buena historia para contar junto al fuego. Te dejo, que me quiero llegar al horno de Ester a comprar un poco de pan blanco. Adiós, María.

 

María: Adiós, Rebeca, gracias. [Rebeca se va]. Sí, por arte de magia, si tú supieras… Si lo supiera alguien…

 

[Entra Isabel]

 

Isabel: ¡Prima!

 

María: ¡Isabel, qué sorpresa! ¿Qué haces por aquí?

 

Isabel: Tenía que venir a comprar algunas cosas y, de paso, me doy unas horas de vacaciones…

 

María: ¿Vacaciones? ¿Va todo bien? ¡Pero siéntate, prima! Espera, que te traigo un poco de agua y me cuentas.

 

Isabel: Gracias, María, que Dios te bendiga… [guiñándole el ojo] otra vez.

 

María: [se sonríe turbada] Calla, prima, no vayan a oírte y a empezar de nuevo los murmullos en el pueblo… Cuéntame, ¿cómo va todo por casa?

 

Isabel: ¡Ay, María, es una locura!, ¡Una auténtica locura! Juan nos está volviendo locos. No quiere estudiar, se niega a ir a las clases de escriba, no quiere hacerse sacerdote como su padre. Y Zacarías está enfadadísimo, no hace más que criticarle a todas horas, por cualquier motivo. Y Juan está a la que salta y se le ocurren ideas muy extrañas, fíjate que el otro día me dice que quiere ver si aguanta el calor del desierto, se quita la ropa y se queda en pelota picada. ¡Y quería salir así a la calle! Menos mal que le convencí para que probara primero en casa…

 

María: Mujer, son cosas de niños, si yo te contara las que tenemos por aquí… Aunque con José tengo suerte, tiene la paciencia de un santo y eso, la verdad, le quita mucho hierro al asunto…

 

Isabel: Cuenta, anda, que te veo también un poco sobrecargada y es bueno desahogarse.

 

María: Si no es nada, son cosas que se rumorean, ya sabes cómo es esto: que si un pajarillo de barro que echa a volar como si nada, que si el accidente de un niño acaba con una supuesta [hace el gesto de las comillas] “resurrección”, que si hay un par de gavillas de trigo desaparecidas (en manos de unos leprosos) y otras que se multiplican… y en medio de todo siempre está Jesús; y el caso es que, cuando le pregunto, o no me responde o me contesta: “¿eso lo dices tú, o te lo han dicho otros de mí?”. Como su actitud no cambie, va a acabar mal.

 

Isabel: Pues Juan no está mucho mejor. El otro día le vi comiendo hormigas. Cuando le regañé, me dijo que eran una buena fuente de proteínas, pero que prefería los saltamontes, ¿de verdad los ha probado? Y cuando le digo que así no le va a gustar a ninguna chica, me responde que, de todas formas, perderá la cabeza por una de ellas. Yo no sé, María, estos chicos van a acabar con nosotras. A ti, por lo menos, te ha pillado joven, y ya estabas avisada.

 

María: Bueno, avisadas estuvimos las dos, Isabel.

 

Isabel: A ti te prepararon mejor, prima, ¡todo un ángel, nada menos! A mí me vino un marido mudo haciendo gestos como un loco y queriendo meterme… prisa con un tema que ya, ni me iba ni me venía… [sonríe]. Pero sí, la verdad es que hubo ciertos “detalles” reveladores de lo que nos iba a caer.

 

María: Y bendito sea Yahvé por lo que nos ha mandado, Isabel. Yo no podría amar más a mi hijo. Apenas puedo creer…

 

Isabel: Lo sé. Yo también amo al mío, aunque desespere a mi marido y me vuelva loca a mí. Sé que tiene una misión difícil, y lo único que puedo hacer es apoyarle. ¡Pero de vez en cuando me viene bien darme una vuelta por aquí, saludarte y desahogarme! Dame un abrazo, prima, que me vuelvo ya para casa. Le he comprado unas cuantas pieles de oveja a Juan. No sé para qué las quiere pero me ha dicho que las necesitaba. Otra locura más de las suyas, supongo.

 

María: Adiós, prima, que llegues bien a casa. Saluda a Zacarías y a Juan de mi parte. Y diles que en unas semanas os mando a Jesús con los bastones de caminante que les ha hecho José para las vacaciones escolares. ¿Estás segura de que os va bien que pase una parte de ellas con vosotros?

 

Isabel: ¡Jajaja!, no estoy segura de nada, pero ellos se quieren y disfrutan estando juntos. Adiós, María, que Yahvé te siga guardando en su corazón.

 

Marías: Adiós, Isabel, que su poderoso brazo te abrace y conforte en los malos momentos.

 

[Se despiden. Isabel se va. En ese momento aparece Jesús]

 

María: ¡¡Emmanuel ben Josef!! ¡Entra en casa ahora mismo y ponte a lijar las sillas que te ha dejado encargadas tu padre!

 

Jesús: Pero madre…

 

María: ¡Ni peros, ni peras! ¡A lijar!

 

Jesús: Sí, madre.

 

[Entra cabizbajo en la casa]

 

María: [Se retuerce las manos] Otra vez gritándole. Otra vez enfadada con Él cuando, en realidad, no es culpa suya, pero, ¿cómo no irritarme cuando veo lo distinto que es? Cuando sé que me miran y murmuran a mis espaldas: “no, al carpintero no se le parece”. Cuando yo sigo vigilando, mirando, esperando, recordando la promesa que significa su nombre. ¡Dios con nosotros! ¡Conmigo! Cuando sé que una espada me atravesará el alma… Y Él me mira, y me pregunta cosas que parecen sencillas, pero que no lo son: “¿De dónde vienen los pensamientos, madre?”, “¿cómo puede algo muy grande caber en algo muy pequeño?”, cosas que hacen que los otros niños le miren extrañados, asustados casi, que alguno le rehúya… Cuando veo que Él sufre porque se siente solo, porque se sabe distinto… ¡Y querría gritarle al cielo: quiero un hijo normal!, pero no puedo, porque éste es mi hijo, porque es el Hijo. ¿Cómo puede el corazón de una madre permanecer indiferente cuando el corazón de su hijo sufre? Dame fuerzas, Señor de los ejércitos, Señor de la paciencia, para acompañarle en su camino, para no sucumbir a la pena, para ser una buena compañera, para ser la madre que Él necesita.

 

Fin

No hay comentarios: