Aquella mañana, aunque gris y plomiza como hacía tiempo que no veían los lugareños más ancianos del lugar, la niña Rosita Aurora Valdés, la flor más tierna, candorosa y dulce de toda la generación de Rosas tiernas, candorosas y dulces de los Valdés de Sierra Negra, abrió los ojos, bostezó, sonrió y se incorporó en la cama de nogal que había pertenecido a su madre, a su abuela, la inolvidable Rosa «Azafrán», conocida por haber desafiado a la sociedad sierranegrina al colorearse el pelo de rojo en su presentación, y antes que a ellas, a la docena de Rosas que las habían precedido; y como recordándolas a todas ellas, la joven Rosita acarició con cariño la suave madera que formaba el cabecero, deteniéndose, como siempre hacía, en el relieve que representaba la escena más extraña de todas: un hombre que defendía, con la ayuda de una flor, a toda una manada de fieros y salvajes lobos de un inocente y tierno corderito.
A veces, cuando crees dormir, en lo profundo de la noche o en la pesadez del estío, tus ojos se abren paso a través de los sueños hasta llegar a este lugar, o a uno parecido...
miércoles, 25 de noviembre de 2020
Ejercicio de expresión escrita
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