En el principio fue el tiempo, el escaso tiempo
y la vida se derrochaba en vivirla:
en jugar, en sentir, en reír, en probarla.
Pasó la noche, pasó larga la mañana, pasó la infancia.
Danza su segunda vida.
Dijo: «Hágase la luz» y la luz se hizo clara
y lució sobre sus maneras de ser joven
en excesos, defectos, vigilias; en sueños.
Y llegó el cambio, la nueva vida de nuevo,
pues pasó la mañana y, sí, pasó la noche.
Creó al hombre, a la mujer, a imagen del dueño;
a su semejanza propia le abandonó.
Probó y probó hasta agotar su vida tercera.
Pasó muy lenta y larga la mañana entera,
¿fue buena?, quizás. Llegó la noche y... pasó.
La séptima vida empieza con un encuentro:
la Esposa, el Esposo, el Cantar de los Cantares.
Dos miradas, dos palabras, una sonrisa,
luego un beso, ocho más... y, en esta vida,
pasaron seis noches y el final no la invade.
(agosto 2001)
[En el principio era el llanto y el rechinar de dientes
y en el dilatado final que es la vida, juntos hacemos ya cuatro meses.
Luz de mis ojos, aliento de mi respiro,
la primera vida duró mucho, talmente hasta que nos vimos.
La segunda, distinta, fue breve,
hasta el día en que repetimos.
Una vida más plena fue la tercera,
nacida de dos y de unos mimos.
La séptima nació junto a ti, por ti,
y está siendo un suspiro]
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